Pelea de gallos con peluca

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Enrique Goberna

16 de noviembre de 2025

(Batalla freestyle Mozart vs Clementi. Viena, nochebuena de 1781)

Imagina Viena en la Nochebuena de 1781: una postal perfecta. Las calles cubiertas por un manto de nieve, el humo de las estufas escapando de las casas y un ambiente cargado de un espíritu a la vez festivo y conspirador. El emperador José II, melómano y con debilidad por el entretenimiento cortesano de alto voltaje, tuvo una ocurrencia digna de un reality show: convocar un duelo de músicos.

Los contendientes: Muzio Clementi, virtuoso italiano de paso por la ciudad, conocido como el «terror de los teclados», y Wolfgang Amadeus Mozart, la estrella local, que ya hacía malabares con las fusas y con las deudas. Ninguno de los dos conocía el plan completo; fueron citados por separado. El emperador quería espectáculo… lo que en la práctica significaba enfrentar a dos gallos, pero con pelucas empolvadas.

Clementi abre el fuego (y era artillería pesada)
Clementi, dueño de una técnica asombrosa y un dominio absoluto del teclado, inició la sesión con su Sonata en Si bemol mayor (Op. 24 nº 2). Fue un despliegue de fuerza: pasajes rapidísimos, saltos de octava y cruces de manos. Su mensaje era claro: “Yo controlo el teclado a la velocidad de la luz. ¿Quién se atreve ahora?”

La corte quedó admirada. Mozart, sentado con una sonrisa torcida y ceja arqueada al más puro estilo Ancelotti, tomaba nota. Cuando Clementi terminó, el público esperaba la sangre.

Primera bofetada: una canción infantil
Mozart se acerca al clave con una torpeza fingida, como si no supiera tocar. Sus dedos rozan las teclas con delicadeza. Y entonces, suena la melodía francesa: “Ah! vous dirai-je, maman” —el inocente “Campanitas del lugar”— tocado con un solo dedo, arrastrando la sonrisa de todos hacia la incredulidad.

Era insolencia pura. Frente a la técnica demoledora de Clementi, Mozart respondía con humor y audacia: “¿Ya presumiste de músculo? Ahora mira cómo un temita tan simple puede humillarte”. La sala se queda muda. Nadie entiende todavía lo que está por venir.

El freestyle que humilló al virtuoso
Lo que siguió fue pura magia. Mozart tomó esa melodía trivial y la sometió a unas variaciones en tiempo real: trinos, desarrollo de fragmentos, contrapuntos, pasajes líricos, grotescos, elegantes. Cada variación crece en intensidad, un torrente imparable. La melodía infantil se convierte en un huracán creativo. La corte observa boquiabierta cómo Mozart convierte lo trivial en épico, el virtuosismo en alma. Clementi, por un instante, parece contemplar lo imposible. Frente a la corte, Mozart puso en evidencia la diferencia entre técnica y genialidad.

El emperador sentencia: la diplomacia
José II, que no quería un derramamiento cultural de sangre en plena Navidad, declaró un empate y dio por cerrada la velada. Pero el olor a victoria mozartiana era evidente.

Clementi, músico brillante y cuyo orgullo era menor que su amor por la música, recordaba aquella noche de forma casi mística. Siempre reconoció que su victoria fue ser testigo del milagro y la genialidad de Mozart.

La segunda bofetada: La flauta mágica
El episodio terminó, pero lo mejor estaba por llegar. Mozart guardó en la memoria los primeros tres compases de la sonata de Clementi, y algún mínimo fraseo interior. Diez años después, en 1791, al escribir la obertura de La flauta mágica, esos ecos reaparecieron.

Tomó aquel breve motivo y su creatividad desbordante lo expuso, lo fugó, lo reexpuso, lo moduló… y convirtió esos tres segundos en un monumento musical. No sabemos si fue un homenaje o una forma sutil de decir: “Gracias por la melodía, ahora mira las posibilidades reales que tu música tenía.”

Cuando Clementi descubrió “su” motivo en la obertura, probablemente se enfadó. Reeditó su sonata con una nota aclaratoria: «Esta sonata, junto con la toccata que la sigue, fue interpretada por el autor ante Su Majestad José II en 1781; estando presente Mozart». Era su mensaje al mundo queriendo decir: “Gracias por el homenaje, Wolfgang, pero que nadie me confunda con un plagiador.”

La realidad es que Clementi siempre describió la experiencia con fascinación. Había visto algo que no se explicaba con técnica: había sido testigo en aquel duelo de un auténtico don divino.

Mientras tanto, Mozart, no tan elegante porque nunca tuvo filtros, había escrito en una carta a su familia: la exhibición de Clementi fue “mecánica”; dedos prodigiosos, sí, pero sin alma.

No sé si Clementi —quiero creer que sí—, fue en el fondo del todo consciente de que aquellos tres compases suyos, que Mozart desarrolló de manera magistral en la obertura de La flauta mágica, y que convirtió en una auténtica catedral sonora, le han permitido ocupar un lugar en la historia, aunque aquel día terminara desplumado.

Comparto un vídeo propio: está editado con los compases de la discordia y la obertura de «La flauta mágica». Como siempre, se disfruta en el tiempo de un café.
https://youtu.be/J99OddaNuTI

──
Nota al pie: Mozart publicó en 1785 sus «12 variaciones sobre: Ah, vous dirai-je, maman» KV 265. Los investigadores no se ponen de acuerdo si fue compuesto con anterioridad al duelo con Clementi o después. Aunque parece que hay más motivos para creer en que fue posterior a aquella cita. En la última variación, explosiva y brillante, nos podemos hacer una idea de lo que pudo haber ocurrido en aquella sala.
https://www.youtube.com/watch?v=NO-ecxHEPqI

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