Händel vs Mattheson: “pa’bernos matao”

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Enrique Goberna

16 de octubre de 2025

Georg Friedrich Händel y Johann Mattheson eran dos jóvenes y prometedores músicos. Su amistad se había fraguado en Hamburgo, donde coincidieron en la orquesta de la ópera; ambos eran excelentes organistas y clavecinistas. En 1703, los amigos emprendieron un viaje hasta Lubeck para visitar al organista más importante de la época, Dietrich Buxtehude. Entonces Buxtehude tenía 66 años y estaba preparando su retirada. Les ofreció su cargo a ambos, pero tenían que cumplir la tradición de casarse con su hija mayor, Anna Margareta, como él mismo hizo con la que era su esposa. Tanto Händel como Mattheson rechazaron la oferta y se fueron apresuradamente al día siguiente de su llegada. Probablemente la muchacha sería simpatiquísima pero nada agraciada.

G.F. Händel: Retrato de perfil de su facebook


Un par de años después, en 1705, Johann Sebastian Bach (de veinte años de edad) anduvo más de 320 kilómetros desde Arnstadt para conocerlo. Permaneció con el maestro casi tres meses: acudió a los Conciertos de Adviento, le oyó tocar y aprendió de él. Sin embargo, también rechazó el puesto y la mano de la hija mayor. ¡Y eso que Bach estaba enamorado de aquel fantástico instrumento con 3 teclados, 54 registros y pedalero! Pues ni por esa.

Volvamos a Händel y Mattheson… Los amigos estaban representando la ópera “El infortunio de Cleopatra” compuesta por el propio Johann, en el que Händel tenía encomendada la labor de segundo violín y el autor se adjudicó el heroico papel de Marco Antonio. En una representación el director enfermó y Händel se apresuró a tomar el clave y la dirección. Tras la muerte en escena de Marco Antonio, Johann bajó a dirigir la ópera y se encontró con la negativa de Händel, que se sentía en ese papel más a gusto que un cochino en una pocilga. Mattheson no se tomó nada bien el desplante de su amigo ni que el público premiase la labor de Georg con unos entusiastas aplausos al final de la obra. Desde aquel momento algo cambió entre ambos, el rencor y los celos fueron aumentando día tras día ─acelerados una vez que fue a Händel que le encargaron la siguiente ópera─ hasta que una noche en una taberna hartos de cerveza salieron a la luz y se dijeron todo aquello que llevaban guardándose tiempo atrás.

– ¡Feo, que eres muy feo! ─ le dijo Mattheson
– Mira quién habla, con esos pelos que llevas… ─ recriminó Georg.
Y cosas incluso más desagradables.

La disputa fue a más y decidieron solucionar la rencilla como la solucionaban los caballeros en aquella época: en un duelo a espada. Los padrinos intentaron quitarles la estúpida idea de jugar a hacer una brocheta de carne con el otro, pero todo fue en vano; al alba, en las afueras de Hamburgo los retadores se encontraron para zanjar definitivamente el tema.

Sus caras aún reflejaban el cansancio de aquella larga noche, y a la orden del juez los músicos desenvainaron y comenzaron a cruzar las espadas. El acero golpeaba una y otra vez en el del rival cada vez con más determinación pero con menos energía, pues el cansancio iba haciendo mella en ambos. En un instante la punta de la espada de Johann buscó con acierto el corazón de Georg, con tal fortuna que impactó sobre uno de los grandes botones de la casaca de Händel quebrando el acero, que saltó por los aires. Händel, sudoroso y con la respiración entrecortada, asistió atónito al acontecimiento; a pesar de la precisión de su rival, milagrosamente no estaba herido. Los contendientes se miraron fijamente aquella fría mañana sin saber muy bien qué decir, jadeantes y asustados, celebrando ambos que la fortuna les bendijese con una segunda oportunidad. Händel, a pesar de tener a su rival desarmado, arrojó la espada al suelo. Mattheson hizo lo propio y ambos empezaron a reir escandalosamente.

– Pa’bernos matao, Johann ─ comentó Georg entre risas
– Y que lo digas, amigo… ¡Mi hermana maneja la espada mejor que tú! ─ repuso Johann
– ¿La mayor? Preguntó Georg
– No, la menor… contestó velozmente Mattheson, al que parecía hacerle mucha gracia estas bromas de músicos.

Los amigos, cogidos del hombro, tomaron camino de la ciudad a la vez que solicitaban a los padrinos ─desconcertados ante la resolución del duelo─ algo más de cerveza para la resaca.

– Jajajaja… ¿te acuerdas de Ana Margarita? preguntó jocosamente Händel.
– ¿La de Buxtehude? Ya te digo… qué fea era la hijaputa ─ apuntó Mattheson.

Abrazados continuaban lentamente su camino de regreso hacia la ciudad.

– Oye, Georg, ¿tienes ya pensado sobre qué vas a escribir la ópera que te han encargado?
– Sí, Johann, se titulará “Almira”
– Almirable, Georg, Almirable…
Johann le dió un largo trago a la cerveza y pasó la botella a su amigo.


Almira, de Georg Friedrich Händel.
https://www.youtube.com/watch?v=PcDRKgeqQWs

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