La primera vez que vi Extremoduro en directo fue en Cádiz, en la sala Anfiteatro, hoy Momart, el 12 de febrero de 1994, sábado de carnaval. En lo musical, una estafa de concierto que medio salvaron Fito, Uoho y los Platero; aunque la verdad es que muchos fuimos esperando ver lo que vimos.
Ese año mis amigos y un servidor sacábamos una chirigota aún más lamentable que el des-concierto que acabábamos de presenciar: «Humol amalillo» se llamaba. De jugadores del Cádiz chinos que tropezando y fallando goles a puerta vacía servían de cachondeo. No había por donde cogerla. Después de escuchar algunos temas de Extremoduro en boca de Fito, porque Robe no se tenía en pie y no acababa las canciones, y de sufrir el impacto de algunos cubitazos dirigidos a él cuando, valga la redundancia, se metió pa’ dentro a meterse, el Iñaki se quitó la camiseta de Extremoduro y la lanzó al público. Yo creo que pensó que eso distraería la atención sobre Robe y reconduciría la ira del irrespetable hacia la batalla por la camiseta. Pero un carajo pa’l Iñaki.
Efectivamente, como si de un nuevo foco del mismo incendio se tratase, la batalla por la camiseta comenzó a pie de escenario; los que en ella combatimos sufrimos el impacto del fuego amigo cuando una nube de cubitos de hielo, vasos y objetos lanzados desde la grada sobrevoló nuestras cabezas en busca del Robe; como cuando los arqueros elfos daban cobertura a la carga de la caballería pero en bajuno. Conseguí atrapar la camiseta del Uoho justo antes de caer entre el tumulto alcanzado por un cubito certero que me hizo una brecha. En la caída me partí el labio contra la rodilla de uno que pretendía quitarme el trofeo. Pero justo cuando estaba a punto de hacerlo, un vaso de tubo a media carga le alcanzó en to’ la frente haciéndolo caer también. Al acabar el concierto mis amigos y yo, ensangrentado, nos fuimos pa’ la Viña para reunirnos con el resto de la chirigota.
En aquellos años Cádiz tenía 30 mil habitantes más que ahora y de ellos la mayoría eran jóvenes. Y estaban en la Viña. No sé cómo ni en qué momento me puse el bombo de la chirigota y comencé a tocarlo haciendo ritmos con el platillo para acompañar el baile de la masa, pero fue ahí, sobre las 3 de la mañana, a la entrada de la calle Trinidad, cuando apareció el Robe. Venía acompañado y sujetado por dos pibas, aunque a decir verdad, como él venía medio encorvao, las hacía a ellas más altas.
Una de ellas me dijo que le diera caña al bombo, a lo que el Robe respondió:
—En Cádiz no tenéis ni puta idea de tocar.
—Pues anda que tú, con el concierto de mierda que has dao…— contesté.
Como no se esperaba esa respuesta insistió en el vacile:
—Ese bombo lo toco yo con la polla…
A lo que, arrimándoselo, respondí ipso facto:
—Venga, a ver si tienes cojones…
Entonces una de las pibas que lo acompañaban comenzó a gritar:
—¡Que lo toque, que lo toque!
Pronto eran más de 30 personas las que lo coreaban. La mayoría no sabían que el despojo aquel era uno de los mejores compositores del rock español y comenzaron a picarlo:
—¡Venga, maricona! ¡Tócalo con la polla! ¡Que lo toque, que lo toque!
Y Robe, ciego de ira y de otras muchas cosas, se tiró pa’ bajo del pantalón de chándal chungo que llevaba sin calzoncillos, y andando torpemente por tener el chándal por los tobillos se arrimó a mí, picha en mano.
—Trae pacá, que no tenéis ni puta idea…— me dijo.
Yo llevaba el bombo colgao con las correas, pero como era de los pequeños, la parte baja quedaba más alta de lo normal, así que o sacaba una picha de medio metro o tendría que ponerse de puntillas y saltar. Y eso hizo: con una mano se agarró a mí por el hombro y con la otra trató de estirarse la picha lo suficiente para golpear el parche de Hipersol. Cosa que evidentemente no consiguió. Tras cuatro o cinco golpes de su glande contra el aro de madera y las cinchas de metal que nos hicieron estremecernos a todos, le grité:
—¡No suena!
Lo que provocó de nuevo su insistencia ante la sobrecogida mirada de un corro de ya casi 40 personas que pronto comenzaron a corear:
—¡No se escucha! ¡No se escucha!
Así hasta que, tras varios interminables segundos, el Robe recogió cable y picha, y desapareció en la espesura de la calle Corralón con el rabo, dolorido, entre las piernas.
Para mí el mito, lejos de caerse, se hizo más grande. Ese tío era así de verdad, no era pose. Lo que nadie que fuera a aquel concierto o presenciase aquella sórdida escena en Corralón con Trinidad podía imaginar es que aquel rockero transgresivo y autodestructivo, aquel bajundá, sobreviviría a sí mismo y acabaría haciendo bailar, pensar y disfrutar con sus canciones a varias generaciones. Ya soy pureta, pero hasta ahora nunca me había sentido identificado con eso que han dicho de otros músicos de que «fue la banda sonora de una generación». Ahora sí. No hay momento importante de mi vida, ya sea bueno o malo, que no esté vinculado para siempre a la música de aquel nota que, apoyándose en mi hombro, tocó el bombo —bueno, el aro del bombo— con la picha. Hasta siempre, siempre, siempre.
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Esta anécdota es original de Javier BM, y se ha extraído y compartido tal cual del muro de facebook de su autor.