Vodka, humillación y redención en Do menor

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Enrique Goberna

11 de noviembre de 2025

El estreno de la Sinfonía nº 1 de Rachmaninov en 1897 fue un desastre mayúsculo. Y eso que Sergei, por entonces, ya era un joven pianista y compositor muy bien considerado. Pero aquella noche ocurrió algo que oscila entre la tragedia artística y el vodevil ruso: Aleksandr Glazunov, encargado de dirigir la obra, la llevó al foso con una torpeza casi científica. Rachmaninov siempre sostuvo que Glazunov la interpretó mal a propósito; otros rumores más jugosos dicen que Glazunov se había bebido todo el vodka disponible desde Moscú hasta San Petersburgo antes de subirse al podio. Difícil de comprobar, claro: ni había etilómetros ni la Guardia Civil rusa estaba como para poner multas, ya que solían beber más aún que los cosacos.

El resultado fue devastador. La crítica no fue dura: fue cruel. La partitura fue ridiculizada, el propio Sergei convertido prácticamente en chiste.

La depresión que siguió fue monumental. Rachmaninov quedó bloqueado y no pudo componer ni una nota durante tres años. Y claro, la familia, que lo quería mucho pero también tenía que pagarle la calefacción y el tabaco, decidió intervenir. Le buscaron la ayuda de Nikolái Dahl, un médico hipnoterapeuta —ojo, no un mago de feria: era discípulo del método sugestivo de Charcot y había estudiado neurología en Viena—. Dahl gozaba además de una reputación considerable entre la burguesía moscovita… y, según cuentan los rumores, tenía una hija notablemente agraciada.

Durante tres meses, Rachmaninov acudió cada día a sesiones de hipnosis y autosugestión. Nada de campanitas ni péndulos; la terapia consistía en reconfigurar la autoestima creativa: Dahl repetía, una y otra vez, que Sergei estaba destinado a escribir un concierto nuevo, un concierto que sería un éxito decisivo.

Años más tarde, Rachmaninov lo explicaría así:

Aunque pueda parecer increíble, esta cura realmente me ayudó. Ya a comienzos del verano estaba componiendo de nuevo, y las ideas musicales surgían con más fuerza de la que podía abarcar.

Ese concierto es, ni más ni menos, el Concierto para piano y orquesta nº 2 en Do menor, op.18, terminado en 1901. Una obra maestra indiscutible, uno de los conciertos para piano más interpretados del mundo, y un hito del lenguaje romántico tardío (obsérvese cómo Sergei integra el piano no como solista que combate a la orquesta, sino que se funde con ella, algo muy poco común en la época).

El estreno fue un triunfo rotundo. Glazunov quiso dirigirlo. Rachmaninov, muy educadamente, mirándolo a los ojos, agarró con su manaza derecha su propio escroto y, con la otra, le señaló la salida.

La dedicatoria en la partitura lo dice todo:

A NIKOLAI DAHL.

Y sí: se comenta por ahí que la hija del doctor participó en el tratamiento motivacional. Eso ya queda en el terreno de la tradición oral rusa, donde todo, absolutamente todo, enriquece en matices después de una botella.

Para escuchar: atención a la entrada del piano en el primer movimiento. Esos acordes, en ascenso, suenan como campanas anunciando algo solemne:

“Señoras y señores, Sergei Rachmaninov ha vuelto.”

Imprescindible.

La interpretación del primer movimiento está a cargo de la talentosa y bellísima Hélène Grimaud.
https://www.youtube.com/watch?v=uJRHht55E1M

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