Mozart y el feliz alumbramiento

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Enrique Goberna

5 de octubre de 2025

En el atardecer del día 16 de junio de 1783 estaba Wolfgang en su despacho comenzando la escritura de un nuevo cuarteto de cuerdas, cuando Constanza, su mujer, lo llamó desde la habitación de matrimonio…

 —¡¡ Wolfiiiiiiiiiii… ven acá p’acá !!

Wolfgang, de mala gana, abandonó los primeros compases del primer violín y fue a ver lo que quería su mujer.

—¿Qué pasa, Consti?

—Acabo de romper aguas  —le dijo apoyada sobre un aparador de estilo Luis XVI que era de lo más vanguardista en aquellos días…

—¿Estás segura, Consti?

—Anda, gilipollas, ve a por un paño, limpia el suelo, y después corre a buscar a mi madre y que ella avise a la comadrona. Y ya estás tardando.

—Joder, joder, joder…  —decía Wolfgang mientras bajaba los escalones hacia la calle de dos en dos.

Al cabo de algo más de media hora apareció Wolfgang, sin resuello, acompañado por su suegra y la comadrona. A su llegada ellas empezaron a organizar el esperado parto del primogénito de la pareja.

Wolfgang, cuando todo estuvo bajo control, volvió a su estudio a retomar el trabajo donde lo había dejado. Se encontraba componiendo en esas fechas una serie de 6 cuartetos de cuerda que dedicaría a su buen amigo Joseph Haydn, que era el padre y máximo exponente de esa forma musical. El primero lo había finalizado días antes y este segundo, el “Cuarteto en Re”, estaba teniendo un comienzo de lo más accidentado.

Enfrascado como estaba en la composición, sólo abandonaba la escritura para, cada cierto tiempo, acercarse al dormitorio donde las mujeres estaban ayudando a la parturienta, y al poco rato regresar a la intimidad de su música. Así una y otra vez a lo largo de la madrugada. Mientras escribía el Andante del cuarteto de cuerda unos gritos ahogados salían del dormitorio: “¡¡ Johannes Chrysostomus Wolfgangus Theophilus… pedazo de cab*** !!” . Mozart levantaba la cabeza, resoplaba, y volvía al trabajo entre los gritos de su mujer y algún que otro encargo para calentar agua o traer paños… “¡¡ Wolfaaaaaaaang… uno y no más Santo Tomás… !!”. A las seis y media de la mañana todo había terminado. Mozart era el orgulloso padre de un hijo que él mismo definió como “grande, fuerte, redondo como una bola” y de un cuarteto para cuerda en re menor.

Lamentablemente, el primero, su primogénito Raimundo Leopoldo, falleció a los dos meses de nacer. El segundo, el cuarteto en Re, sigue tan saludable como aquella noche: la noche de los dos alumbramientos…

Si quieres aproximarte al milagro del genio de Mozart, escucha el Cuarteto en Re menor, nº15 K.421 y piensa que algo con una musicalidad etérea y vaporosa como esta, algo de tal belleza, cuyas notas no tocan el suelo sino que más bien parece que se desplacen de puntillas, ha sido compuesto entre carreras, apuros, interrupciones, temores y gritos de dolor.

Cuarteto en Re menor, nº15 K.421  

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