Muerte y Resurreción

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Enrique Goberna

30 de octubre de 2025

Siempre que escucho esta sinfonía —y lo hago con cierta frecuencia, por algo será— pienso lo mismo: qué daría yo por estar en la cuerda de barítonos de esta obra. No porque mi voz esté para grandes hazañas (mi ducha tiene la misma opinión), sino porque este final es uno de los momentos más intensos de toda la música. Y más aún en esta versión de Bernstein, que no se limita a marcar el compás, sino que vive la música. Se le ve guiando a la orquesta con todo el cuerpo, anticipando cada frase. No acompaña: impulsa.

La Sinfonía n.º 2 en do menor de Mahler —la famosa “Resurrección”— es un viaje a lo largo de cinco movimientos: comienza con un funeral y termina con un levantarse de entre los muertos. Así de sencillo y así de complicado. Mahler, como sabemos, no era precisamente un hombre despreocupado: tenía la cabeza llena de preguntas sobre la muerte, Dios, la trascendencia y el sentido de estar aquí dando vueltas en un planeta que no pidió. Por eso esta obra suena a angustia, pero también a esperanza.

Y cuando por fin llega el coro en el último movimiento, es ese momento en el que todo encaja. Entra el texto de Klopstock y después el añadido del propio Mahler, que lo completa con una convicción que no es solo religiosa, sino humana.

Y luego ese Was du geschlaaaaaaaaaagen, zu Gott wird es dich tragen (Por aquello que has latido, a Dios te llevará), que que se estira como si no quisiera terminar nunca. Y ahí es cuando se te pone la piel de gallina y te quedas paralizado, escuchando sin respirar.

El día que me muera, ponedme la Segunda de Mahler a todo volumen. Si con eso no resucito, dadme por perdido: que apaguen los desfibriladores y cierren el ataúd. Y si puede ser la versión de Bernstein con la Sinfónica de Londres, mejor. Nadie ha transmitido el entusiasmo del final como él. Además, esa grabación se hizo en una catedral, lo que obligó a reducir un poco la plantilla y le da un sonido más recogido pero igual de demoledor.

Sé que pedir a alguien que se escuche una hora y media de sinfonía puede ser mucho, así que si queréis empezar por lo esencial, comparto los últimos minutos. Son, sin exagerar, de los momentos más intensos de toda la música. Ahí está todo: caída, esperanza, victoria, y ese simplemente vivir que Mahler buscó toda su vida.

Como escarpias. Literalmente.

Hay música que no solo te llega: te atraviesa.

https://www.youtube.com/watch?v=sw-UxcNY1T8

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