Cuando analicé brevemente la obra Berghain no quise entrar en interpretaciones de su significado porque aún no había suficientes referencias y parecía que nos dirigíamos hacia una obra programática cuyo sentido se manifestaría más adelante. Ahora, tras la escucha de este precioso disco —sorprendente, en muchos momentos experimental, disruptor y técnicamente muy sólido— la simbología se comprende con claridad. Por ello, me interesaba escuchar las obras inmediatamente anteriores y posteriores a Berghain para contextualizarla y poder articular el análisis con Berghain como eje central. Revisaré los dos temas anteriores y el posterior, y me detendré con algo más de detalle en Mio Cristo Piange Diamanti, probablemente la pieza con mayor densidad expresiva.
Ahora sí, tras su atenta escucha y con carácter general, LUX puede entenderse como un viaje espiritual desde lo terrenal hasta lo trascendente, estructurado en cuatro movimientos de carácter casi sinfónico. Se trata, por tanto, de una obra programática. Resulta inevitable recordar la Segunda Sinfonía de Mahler (Resurrección), que transita desde la muerte hasta la redención a lo largo de sus cinco movimientos; desde el cuestionamiento de la existencia hasta su sentido último. Salvando las distancias —Mahler opera en otra escala estética, por supuesto— el paralelismo estructural es útil para describir el arco emocional de LUX. ¡Ay, ese coro final de la Segunda de Mahler, marededeu!
La dualidad entre lo terrenal y lo divino se articula aquí a partir de un proceso de transformación personal vinculado, según intuyo, al agotamiento del interés por lo material, pero fundamentalmente a un desengaño amoroso.
Orden en el disco:
Porcelana > Mio Cristo Piange Diamanti > Berghain > La perla
Empecemos por la resolución, el tema que sucede a Berghain.
En La perla, tras la transmutación que culmina Berghain (ese final “convirtiéndose en paloma”, metáfora clarísima no de que ha muerto —como se ha leído por ahí— sino de que el Espíritu Santo la ha transfigurado en otra persona), se confirma esta interpretación. En La perla se despacha a gusto, pero no se trata de un “Shakirazo” porque se despacha sin despecho; lo hace desde la serenidad y sin aparente rencor. En paz consigo misma. La forma utilizada —un vals ranchero (o una ranchera en tempo di vals)— refuerza esta lectura: lo hace de una manera «amable» donde se describe la herida, pero no se reabre.
Para llegar a ese estado hubo que transitar primero por el mismísimo infierno. En Porcelana se muestra la fragilidad de la protagonista y comienzan a aparecer de forma explícita los elementos religiosos que culminarán en Mio Cristo Piange Diamanti como su única tabla de salvación. Las texturas varían desde el minimalismo (piano y palmas por bulería) hasta un final de carácter coral que afirma la idea central: ego sum lux mundi (“Yo soy la luz del mundo”). El tratamiento sonoro del dolor mediante registros graves y tensos del contrabajo se inscribe en el uso histórico —desde el Renacimiento— de notas largas, graves y disonantes para representar sufrimiento; Monteverdi creó cátedra en sus libros de madrigales, y aquí ese recurso reaparece.
Pasamos entonces a Mio Cristo Piange Diamanti. Palabras mayores.
Venimos del si menor de Porcelana. Si menor, históricamente, se ha asociado a la fe en la redención y al dolor sereno; como referencia mayor, la Misa en si menor de Bach —la misa más importante de la historia de la música—. El paso a Sib mayor en Mio Cristo implica una transición clara hacia una serenidad emocional: en los tratados de Schubart y Mattheson, Sib mayor se vincula a la calma, la confianza y una alegría contenida. Es decir: la súplica de «Porcelana» se transforma en aceptación.
El tema alterna momentos líricos en estilo arioso —más cantado que un recitativo, pero más conversacional que un aria estricta— con una estructura formal de aria (exposición, desarrollo, clímax y resolución). Así que sí: estamos ante un aria. Un aria a la manera de Rosalía o de «rosalianas maneras», pero aria al fin y al cabo. Y, a diferencia de ciertos pasajes de Berghain, aquí la técnica vocal está mucho mejor integrada.
Este tema está lleno de elementos expresivos que conviene señalar.
Comienza con una textura delicada, casi desnuda, donde piano y voz ocupan el primer plano en un diálogo íntimo: “Sei l’uragano più bello” («eres el huracán más bello»). A veces, este arioso suena a oración, incluso a fado. Ese «tú» en el 0:47 partiendo del silencio, es profundamente expresivo. Para comérsela ahí.
En el 1:15 (“cuando lloras, recoge tus lágrimas”) se provocan tensiones en la cuerda y el piano con unos trémolos: recurso expresivo destinado a subrayar emotivamente el texto. Monteverdi lo sistematizó: la música representa y describe la palabra. Tras ello, silencio, un recurso frecuente en el disco, que genera en el oyente que focalice lo que se viene después, que no es otra cosa que el título en el 1:30: “Mio Cristo piange diamanti”. Aquí entran flautas y violines para crear una atmósfera etérea y celestial, que culmina en un “sempre” con glissando descendente y posterior ascenso con cambio de dinámica. Parecería el final, pero quietos todos, que estamos a la mitad.
Retorna el arioso, ahora con cuerdas. En “quanti pugni t’hanno dato” («cuantos golpes te han dado») los timbales dan forma a los golpes descritos. Los violines con notas ascendentes en staccato representan los abrazos y la risa. Vuelven los abrazos con los violines y de nuevo los timbales con los puños. No es nuevo —esto está en la música desde siempre—, pero se agradece que una obra contemporánea lo recupere con sentido.
En “E la grazie è grave” aparecen melismas con matices flamencos, seguidos, de nuevo, de silencio. Y, como antes, retorna el motivo “Mio Cristo piange diamanti” que se mantiene hasta el final. Hay un piange donde la voz se quiebra: si fue accidental o intencionado es irrelevante; si está ahí es porque funciona, porque expresa.
Por último, llega el momento cumbre: la prolongación larguísima del Do en “sempre” y el glissando desde ese Do hasta Fa y luego un nuevo glissando hasta el La: notas que componen el acorde de Fa mayor, expuesto nota a nota, antes de resolver armónicamente en Sib mayor, reforzado por timbales y platillos.
A lo grande. Magnífico. Levántense y aplaudan, por favor.
De nuevo, gracias Rosalía.
El análisis de «Berghain» aquí: https://cafeycorcheas.es/2025/11/03/gracias-rosalia/